Fuentes web
Entradas
Comentarios
Museo Rufino Tamayo - Mexico
Image by Arturo de Albornoz via Flickr

Barrio de pasiones

Avelino Sordo Vilchis

2009-12-19•Cultura

Cuando, después de muchas gestiones, Rufino Tamayo finalmente pudo entrevistarse con el presidente de la república —Gustavo Díaz Ordaz—, para presentarle su proyecto de un museo de arte contemporáneo internacional en el bosque de Chapultepec, el maestro oaxaqueño salió desalentado. A pesar del evidente valor de la muy completa colección que Tamayo había venido reuniendo con ese propósito, el presidente no dio muestras de comprender el asunto. Podemos resumir el argumento presidencial en un cuestionamiento: “Pero, don Rufino, ¿qué turistas van a venir a ver una colección como esa?”

Díaz Ordaz no entendió que el proyecto de Tamayo era para que los mexicanos disfrutáramos de obras de los grandes artistas del siglo XX como Picasso, Miró, Magritte, Rothko, Tápies o Bacon, por mencionar algunos de los presentes en la colección. El planteamiento de don Rufino, además, complementaba a la perfección el sistema de museos de la ciudad de México, ya que venía a llenar un hueco muy evidente. Recuerdo que Tamayo terminó la anécdota afirmando: “Sólo a ese señor se le podía ocurrir que el museo era para los turistas…”

Recordé esta historia ahora que el gobierno del estado anunció su apoyo al “Museo La Barranca de Arte Moderno y Contemporáneo” (cualquier cosa que ello signifique), informándonos que los recursos se canalizarán a través de la Secretaría de Turismo en lugar de la de Cultura, como correspondería. Abonando a la ocurrencia, en la presentación del proyecto sus promotores —los mismos que fracasaron con el Guggenheim— aventuraron cifras de visitantes de «origen internacional» —turistas, pues— y, por supuesto, hasta precisaron montos de la derrama económica en dólares.

Y claro, ante tan fantasiosas aseveraciones se nos vienen a la cabeza preguntas: ¿Cómo se calcula el número de visitantes internacionales —y su respectiva derrama económica— de un museo del que ni sus propios promotores conocen su contenido? ¿Suponen que la gente hace turismo nomás para ver quién sabe qué cosa? ¿Así es como ellos planean sus vacaciones? ¿O creen tener, en lo personal, el suficiente prestigio internacional como para que la gente venga a conocer su museo nada más porque ellos dicen que está bien chido, o porque aseguran que es el más grandote de Latinoamérica?

Más allá del imperdonable equívoco de conceptualizar un nuevo museo como una atracción turística y no como una institución para el disfrute de los habitantes de la ciudad que lo va a pagar, lo que presentaron es más como una cartita al niño Dios: rebosa buenas intenciones, carece de sustancia. Por ejemplo, con la información que han dado a conocer no es difícil inferir que suponen que hacer un museo es construir un bonito edificio, reduciendo el problema a resolver el continente, sin atender el contenido. No hay vuelta de hoja: un museo es su colección. En ella reside su carácter, definición, personalidad. Y es aquí donde encontramos la más grave omisión de los promotores del “Museo La Barranca de Arte Moderno y Contemporáneo” (cualquier cosa que signifique): respecto a su colección apenas mencionan —con ambigüedad— que “la presencia arquitectónica” y el “reconocimiento internacional” (¿qué no se debe trabajar para lograrlo?) del nuevo museo “deberá” atraer artistas y coleccionistas que “apoyen” a la institución (cualquier cosa que ello signifique).

Ustedes qué creen, ¿esta vez si podrán sacar al buey de la barranca?

Reblog this post [with Zemanta]
Guadalajara's "Los Arcos"
Image via Wikipedia

19 de Diciembre del 2009
Regionalismo demodé, pero sabroso
Augusto Chacón

La ingrata, la que nadie quiere dejar; la mustia que como ninguna, sabe mirar de reojo; la impúdica que se entrega entera a 20 minutos de tormenta veraniega. La que en 1810 se preparó para impedir que el excomulgado Miguel Hidalgo mancillara su suelo, la que unas semanas después lo recibió multitudinariamente emocionada con un tedeum; la moralina que vuelve legendarios los burdeles, la que ocupa un diccionario para mejorar su lenguaje, la que ha dado al español grandes poetas, novelistas, historiadores, periodistas y no necesita que le enseñen a hablar. La que no lee, la que pone durante diez días la librería más grande del continente. La despaciosa, la impaciente que apenas puede esperar a que el futuro la rebase. La que vive sus calores de un mes como si fueran eternos, la que nunca está preparada para padecer los fríos. La de las taquicardias autoinducidas con chile que es fuego líquido; la que de noche vive intempestivamente otra, cenaduría de banqueta. La trabajadora, la que añora la siesta; la que anhela estar informada, la que no gusta hablar de sus costras, de su pus. La que en los rincones condena a los políticos, la que en público ovaciona a cualquiera que tenga poder. La envidiosa de los triunfos ajenos, la orgullosa de sus logros mínimos. La que ve preciosas las calles de París en otoño; la que reniega por la basura que son las hojas de los árboles en sus banquetas. La quejumbrosa que se rasga las vestiduras porque en ella no hay nada qué hacer; la sufrida por pagar las entradas al teatro… o a lo que sea. La que invoca a Dios como quien respira, la que lo niega con muchos de sus gestos, con sus mañas. La del pan suyo de cada día llamado birote. La odiada, la amada, la gozosa, la leal, la traidora, la transparente, la oscura, la de este lado de la Calzada, la del lado de allá, la violenta, la de los amaneceres dulces y mansos, la plural, la tapatía… la nuestra, la de nadie… Guadalajara la veleidosa, la inmutable.

¿Cómo la miramos, la vivimos, la sufrimos, la deseamos, la construimos? Para afirmar la verdad de nuestro describirla, la atisbamos a través de un cristal hecho de distintos sílices: El Occi, El Infor, Mural, La Jornada, Público; vidrio medianero entre nosotros y ella, hecho también de sonido, las formas y los fondos de la Guadalajara que nos narran Radio UdeG, Promomedios, Radio Metrópoli, la W, 1070 am, 880…, de la que nos cuenta la televisión abierta: Guadalajara de crímenes, de atropellados, de la cotidianidad marginal, la de la pobreza que las cámaras y los micrófonos impertinentes degradan hasta la abyección.

Pero además la acechamos validos de los ojos de otras y otros; cuánto de Guadalajara han creado las miradas privilegiadas, como la de Juan José Doñán, Guillermo García Oropeza, Avelino Sordo, Luis Miguel González, Alfredo Sánchez, Trino, Myriam Vidriales, Guadalupe Morfín, Dante Medina, Rubén Martín, Jis, Falcón, Paco Padilla, Julio Haro, Raúl Bañuelos, Jorge Esquinca, Miguel Bazdresch, Arturo Suárez, Jaime Preciado, Kraeppellin, Ricardo Castillo, Ivabelle Arroyo, Mariano Aparicio, Gerardo Enciso… inventario acotado por mi propio mirar, fatalmente incompleto: necesita el catálogo de otros y también el contemplar del que solo —nosotros mismos a veces— inventa Guadalajara para sí, sin asirse de más nada que de su andarla, respirarla, comerla… tratar de gobernarla.

Personas y personajes, medios de comunicación en sí mismos, presencias y miradas ubicuas. A uno de ellos, Diego Petersen, lo señalo especialmente; su testificar Guadalajara para relatarla con intensidad y humor, con puntualidad y acidez, ha hecho escuela, movido conciencias y levantado ámpula. Diego nos anunció hace una semana que cambiaría de aires, dejó Público-MILENIO; su mudar de biósfera tiene una ventaja: en esta ciudad los vientos soplan siempre siguiendo las rutas de siempre, Centro-Colonias o la 622; no será extraño que desde cualquier esquina su vigilar siga siendo parte del diario crear a Guadalajara… lo que al cabo es un ensayo de índole universal, porque como cualquiera sabe, decir Guadalajara es decir Jalisco, decir todo el país… ahí nomás, pinchemente , como dijo el Jamaicón Villegas.

P.D. Por este año, ya estuvo. Nos vemos el 9 de enero.
agustino20@gmail.com

Derechos Reservados © Milenio Diario, S.A. de C.V. 2009

Reblog this post [with Zemanta]

El País.com

El lenguaje mudo

LEILA GUERRIERO 12/12/2009

Los libros son mucho más que objetos animados. Representan una forma de
hablar y de comunicar, son un método infalible para dirigirse al mundo.
Siempre que se regala un libro, se dicen muchas cosas en voz baja, a
veces en voz alta. Por Leila Guerriero

Piensa esto: piensa que lo primero que supo acerca de los libros fue, allá en la infancia, que así como había baños para niñas y baños para niños, había libros para niñas -Mujercitas- y libros para niños -Colmillo blanco, El faro del fin del mundo- que eran, precisamente, los libros que ella leía y que despertaban, en los adultos, una mirada de caritativa sospecha, como si leer libros sobre fareros y hombres en tierras de lobos pudiera convertirla, a ella, en farero, en hombre, en lobo. Piensa eso la mujer en el vagón del metro mientras intenta ocultar la portada del libro que lleva sobre
la falda. El libro es de una autora respetable -Melissa Bank- pero tiene un título sospechoso -Manual de caza y pesca para chicas- y la mujer no quiere que nadie crea que ella es lo que ese título
podría sugerir: una mujer en busca de marido siguiendo, para eso, las indicaciones de un tomo de autoayuda. En la infancia, piensa, era más fácil: había libros para niños y libros para niñas, y el que leía mucho podía parecer un poco raro, pero la lectura no era -además de un placer- especulación, carné de club: señal de pertenencia.

Todo lector es dueño de un lenguaje encriptado que delinea las fronteras de su reino. En ocasiones
ese lenguaje es fácil de entender y las fronteras del reino casi obvias: no es lo mismo decir Paulo Coelho que Mario Levrero; Sidney Sheldon que John Banville; La fortaleza digital que Yo el supremo; Isabel Allende que Grace Paley. Pero en ocasiones el lenguaje se pone muy sutil y entonces tampoco es lo mismo decir El palacio de la luna, de Paul Auster, que El libro de las ilusiones, de Paul Auster; ni decir Coetzee que Sándor Márai; ni decir Salinger y Bukowsky que DeLillo y Pynchon; ni decir Pedro Páramo que Cien años de soledad.

La mujer del vagón tiene su propio lenguaje encriptado, pero se pregunta si será o no un prejuicio pensar que no hay excepciones a la regla que dice que nada bueno puede esperarse de quien responda “Juan Salvador Gaviota” a la pregunta “¿Cuál es tu libro favorito?”.

Alguien parece interesante. De pronto dice: “¿Leíste El Código Da Vinci?”.

Alguien parece interesante. De pronto dice: “Estoy descubriendo a un autor buenísimo. Se llama Paul Auster. ¿Lo conoces?”.

Alguien se asombra: “¿Hermann Broch? ¿No será Brecht?”.

Alguien tiene una enorme biblioteca de libros fabulosos y se nota, enormemente, que jamás ha tocado uno solo de todos esos libros fabulosos.

Alguien, en medio de una reunión banal, siente, de pronto, necesidad de declamar no soy de aquí, no pertenezco, y contrabandea nombres como Georges Perec, Stefan Zweig, Yasunari Kawabata, Felisberto Hernández, y tuerce la boca con desprecio cuando alguien dice “Murakami”.

Alguien deja sobre la mesa de la sala, simulando una pila casual, una novela de Roberto Bolaño, un cómic de Art Spiegelman, dos ejemplares de The New Yorker, un libro de fotos de Diane Arbus.

Alguien responde, a la pregunta por su libro favorito, “El cazador oculto”, y alguien piensa que es una respuesta obvia: un típico título de principiante.

Alguien responde, a la pregunta por su libro favorito, “El país de las sombras largas”, y alguien piensa “Ada o el ardor”, pero no dice nada, y sonríe, y siente que está bien: que no le importa.

Alguien entierra, tapia, esconde sus libros para salvarlos de la perdición, del fuego.

La mujer, ahora, se pregunta en qué momento los libros se transforman en banderas: en declaraciones de principios.

Formas eficaces de saber: lectores que sienten pánico -y la boca seca y una parálisis en el costado izquierdo y serias dificultades para respirar- cuando alguien les pregunta “si tuvieras que salvar un solo libro de un naufragio, ¿cuál sería?”; lectores que rechinan los dientes -y sudan y ensayan una sonrisa tiesa y piden por favor un vaso de agua- cuando alguien les pregunta “si no pudieras releer más que un solo libro durante el resto de tu vida, ¿cuál sería?”; lectores que sueñan que su biblioteca se inunda y que, mientras nadan en un mar de pulpa de papel, hunden los dedos en cubiertas que se deshacen como mantequilla: lectores que despiertan aullando. Formas eficaces de saber: el grado de
envenenamiento, la dependencia del elemento tóxico.

Bibliotecas organizadas por nacionalidad -literatura rusa, francesa, española, mexicana-; por editoriales -Anagrama, Siruela, Tusquets, Fondo de Cultura Económica-; con estantes acusatorios de libros no leídos; plagadas de libros propios en espacio central y en primer plano. Bibliotecas que reflejan a lectores prácticos, decorativos, culposos, egomaniacos.

Libros, instrucciones de uso: declarar en público que no se ha leído el Ulises y mucho menos En busca del tiempo perdido (eso, que era antes inconfesable, ahora se lleva mucho porque habla a
las claras de alguien que ha leído tanto que puede declamar esa ignorancia sin ser tildado de bestia). No decir nunca nada malo sobre La conjura de los necios, de John Kennedy Toole (la misma regla es válida para cualquier título de Hunter Thompson, si se está en compañía de periodistas jóvenes).
Evitar las siguientes discusiones, por peligrosas, con parejas queridas o amigos entrañables: a favor o en contra de American Psycho, de Breat Easton Ellis; a favor o en contra de Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; a favor o en contra de Las Correcciones, de Jonathan Franzen; a favor o en contra de Las benévolas, de Jonathan Littell. Mencionar, en cualquier reunión, al menos una vez a Berger, a Sebald, a Pessoa. Decir, cuando se tenga ocasión, que Sándor Márai es aburrido. Decir, con la vista perdida en el fondo de un vaso, que Truman Capote era manipulador. Decir, con un suspiro, que las
novelas de Cortázar envejecieron mal, pero que en cambio, ah, sus cuentos.

La mujer se pregunta por qué todos los fotógrafos argentinos parecen haber leído Zen en el arte del tiro con arco, del alemán Eugen Herrigel; todos los arquitectos chilenos a Rimbaud; todos
los músicos latinos a Castaneda. Se pregunta de dónde vienen, en qué momento se aprenden esas reglas.

Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, un ejemplar de La tierra baldía, de T. S. Eliot. Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, el Gödel, Escher, Bach, de Douglas R. Hofstadter. Llevar bajo el brazo, al primer encuentro con un desconocido, Armonía celestial, de Peter Esterházy. O El oficio de vivir, de Cesare Pavese, o Luz de agosto, de William Faulkner, o las Confesiones, de San Agustín, o La maravillosa vida breve de Óscar Wao, de Junot Díaz, o Viaje al fin de la noche, de Louis Ferdinand Celine, o Noche sin fortuna, de Andrés Caicedo, o El mundo según Garp, de John Irving. Esa sutil demarcación del territorio, esa forma de decir, sin decirlo, soy elegante y levemente trágico, soy específico, soy muy sofisticado, soy tan oscuro que casi adolescente, soy clásico,
soy bien distinto, soy muy moderno, ojo conmigo, soy enterado, soy muy feliz.

Sea como fuere, esto sucede una y otra y otra vez: la alegría infantil de sumergirse en una conversación inesperada con un completo desconocido para descubrirse, horas después -y bajo toneladas hipercalóricas de “¿leíste a tal?”. “¡Sí! ¿Y leíste a tal?”. “¡Sí! ¿Y leíste a tal?”-, pensando que ése,
sí, es el comienzo de una gran amistad.

Y, sea como fuere, esto sucede, una y otra y otra vez: la felicidad íntima de coincidir en Lorrie Moore, en Julio Ramón Ribeyro, en Rohinton Mistry, en Scott Fitzgerald, en los siete pilares y en toda su sabiduría y entender -una y otra y otra vez- que todos esos libros no son una lista arbitraria de amores y rechazos, una demostración de habilidades, la insidiosa bruma de un prejuicio, sino la contraseña que permite reconocer a otro habitante de una patria terca en la que, de todos modos, nunca ha vivido mucha gente. Y quizás, piensa la mujer, por eso importa. Porque los libros son una forma de decir no me confundan. Ésta soy yo. En estas cosas creo. Ésta es mi patria.

Entradas antiguas »