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Viernes, 09 de octubre de 2009 a las 11:44

No alcancé a conocer el muro de Berlín. Llegué unos meses tarde, en enero de 1991. Antes, en el periplo de once meses que abarcó de noviembre de 1989 a octubre de 1990, los acontecimientos se sucedieron tan vertiginosamente que modificaron por completo la ciudad. Para cuando llegué, el muro había sido demolido casi en su totalidad: quedaron apenas algunos fragmentos, como es el caso del kilómetro y medio que bautizaron como «East Side Gallery» —así, en inglés—, donde un centenar de pintores plasmaron, en murales desbordados de retórica, su pensamiento sobre lo que ahora les servía de soporte. Lástima: de los grafitis originales, nada.En septiembre de 1989, el muro —que más que muro era un sofisticado sistema fortificado de seguridad fronteriza— tenía una longitud de 155 kilómetros y rodeaba a Berlín Occidental. Para enero de 1991 solo quedaba una enorme cicatriz que marcaba lo que había sido su trazo: un serpenteante gusano de tierras baldías que cruzaba Berlín, incluso por sus sectores más céntricos. Por ejemplo, la antes de la guerra concurrida y elegante Potsdammer Platz era apenas un terreno yermo, donde se rompía la continuidad de algunas céntricas calles y avenidas. En la actualidad la Potsdammer Platz recobró su importancia, aunque no toda su elegancia original.Uno de los diarios de mayor circulación en el Berlín de aquellos primeros días de 1991, mantenía una campaña publicitaria con el lema «Berlín es uno» (supongo que cualquier parecido es mera coincidencia). Pero, como seguido les sucede a los publicistas, la realidad los contradecía: la vida cotidiana se desarrollaba en dos pistas, en dos berlines. La antigua capital de la República Democrática Alemana y la ciudad-insignia de la República Federal Alemana, mantenían intactas y operando su infraestructura, sus instituciones, de manera que todo se encontraba por partida doble: museos, zoológicos, aereopuertos, casas de ópera, salas de concierto…

Para un visitante extranjero ávido de la vida cultural de Berlín, aquello era lo más cercano al paraíso. Con el añadido de que estaba a la mano la posibilidad de sumergirse en los contrastes que ofrecían ambos berlines. Pero, independientemente de que me sentía en aquellas calles como perro en carnicería, también resultaba imposible no percatarse de lo difícil que resultaba para los berlineses cruzar esa ya inexistente frontera, que yo con regularidad traspasaba: a pesar de que su presencia física —las paredes de hormigón, las casetas de vigilancia, las alambradas, los reflectores…— había sido eliminada, el muro seguía ahí, tan contundente como el concreto.

Me imagino que hoy, veinte años después, esa frontera mental fue finalmente demolida, como sucedió con el muro. Y que las diferencias entre los Osis —alemanes orientales— y los Wesis —alemanes occidentales— ya no serán tantas y sobre todo tan profundas. Sin embargo, tengo claro que la unificación alemana significó —entre muchas otras cosas— borrar a un país del mapa. Un país, no debemos olvidarlo, cuyos ciudadanos hicieron posible, paradójicamente, la caída del muro. Un país que terminó siendo vendido —en forma de baratijas para turistas— en los puestos callejeros que se instalaban en los alrededores de la Puerta de Brandemburgo.

Todo esto se me vino a la cabeza porque por estos días el Instituto Alemán de Guadalajara organizó una serie de actividades cinematográficas para conmemorar la caída del muro. En lo personal, prefiero recordar los veinte años de aquella formidable revolución pacífica que organizaron los ciudadanos de la extinta República Democrática Alemana, y de sus impresionantes «manifestaciones de los lunes», que se llevaron a cabo de septiembre de 1989 a marzo de 1990 en las afueras de la iglesia de San Nicolás, en Leipzig.

Ahí estuvo el origen. Lo demás, son imágenes para la televisión.

El contenido del siguiente texto es absolutamente real.  Lo subo porque siempre es importante recordar lo que podemos disfrutar realmente y reflexionar sobre lo que éste movimiento promovía en su momento.  Se vale reír y como siempre opinar.  Espero también que mi Gurú del Alma pueda tomarlo de aquí con un simple copy and paste, y llevarlo a rodar por el infinito cibernético.

 

gview

La Sección Femenina de Falange de la J.O.N.S. y la S.F.
1934-1959
Su objetivo:
Fomentar en las mujeres el espíritu nacional sindicalista
Su lema:
El fin esencial de la mujer, es servir de complemento al hombre, formando con él, individual o colectivamente,
una perfecta unidad social.
Su ideario político
Fomentar los valores tradicionales que evocaban la figura de la madre y de la esposa sumisa como prototipo femenino.

Pilar Primo de Rivera, Responsable de la Sección Femenina, decía:
Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego,el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho.
La vida de toda mujer, a pesar de cuanto ella quiera simular –o disimular- no es más que un eterno deseo de encontrar a quien someterse.
(Medina, revista de la Sección Femenina, 13 de agosto de 1944)
Sección Femenina de Falange Local portando la Madre de Dios del Socorro

Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula “de”, seguida del apellido de vuestro marido. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Camen García, que pertenece al Señor Marín, o sea, Camen García de Marín.
(Sección Femenina, Economía doméstica para Bachillerato)

Extractos de Sección Femenina de la Falange Española y de las JONS -Editado
en 1958.
Preparación de la mujer al matrimonio
Ten preparada una comida deliciosa para cuando él regrese del trabajo.
Ofrécete a quitarle los zapatos.
Habla en tono bajo, relajado y placentero.
Prepárate: retoca tu maquillaje, coloca una cinta en tu cabello. Su duro día de trabajo quizá necesite de un poco de ánimo y uno de tus deberes es proporcionárselo.
Durante los días más fríos debéis preparar un fuego en la chimenea para que él se relaje frente a él.
Preocuparte por su comodidad te proporcionará una satisfacción personal inmensa.
Minimiza cualquier ruido.
Salúdale con una cálida sonrisa y demuéstrale tu deseo por complacerle.
Escúchale, déjale hablar primero; recuerda que sus temas de conversación son más importantes que los tuyos.
Nunca te quejes si llega tarde, o si sale a cenar o a otros lugares de diversión sin ti.
Haz que se sienta a gusto, que repose en un sillón cómodo.
Ten preparada una bebida fría o caliente para él.
No le pidas explicaciones acerca de sus acciones o cuestiones, su juicio o integridad. Recuerda que es el amo de la casa.
Anima a tu marido a poner en práctica sus aficiones e intereses y sírvele de apoyo sin ser excesivamente insistente.
Si tú tienes alguna afición, intenta no aburrirle hablándole de ésta, ya que los intereses de las mujeres son triviales comparados con los de los hombres.
Al final de la tarde, limpia la casa para que esté limpia de nuevo en la mañana.
Cuando os retiréis a la habitación, prepárate para la cama lo antes posible, teniendo en cuenta que,
aunque la higiene femenina es de máxima importancia, tu marido no quiere esperar para ir al baño.
Recuerda que debes tener un aspecto inmejorable a la hora de ir a la cama… si debes aplicarte crema facial o rulos para el cabello, espera hasta que él esté dormido, ya que eso podría resultarle chocante a un hombre a última hora de la noche.
En cuanto respecta a la posibilidad de relaciones íntimas con tu marido, es importante recordar tus obligaciones matrimoniales:
Si él siente la necesidad de dormir, que sea así, no le presiones o estimules la intimidad.
Si tu marido sugiere la unión, entonces accede humildemente, teniendo siempre en cuenta que su satisfacción es más importante que la de una mujer.
Cuando alcance el momento culminante, un pequeño gemido por tu parte es suficiente para indicar cualquier goce que haya podido experimentar.
Si tu marido te pidiera prácticas sexuales inusuales, sé obediente y no te quejes.
Cuando tu marido caiga en un sueño profundo, acomódate la ropa, refréscate y aplícate crema facial para la noche y tus productos para el cabello. Puedes entonces ajustar el despertador para levantarte un poco antes que él por la mañana. Esto te permitirá tener lista una taza de té para cuando despierte.

Hasta aquí llega el profundo pienso de la tía esa llamada Pilar Primo de Rivera y que fué parte de libros de texto españoles para enseñarles a las mujeres cómo actuar ante estas cuestiones.

Confieso que la primera vez que lo leí me reí bastante. Ahora pienso que gracias a que mujeres como Pilar Primo del señor Rivera, se encendió en la entraña de alguna otra mujer una señal de alerta. Y eso es digno de mi reconocimiento. Lo considero un logro para el feminismo. Cada vez que una nueva Pilar intenta endilgarme sus “modos decentes” de no reconocer los derechos de las mujeres, brinco como pantera a dar mi punto de vista.

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Que manda decir el Sr. Haigasido, que ya vienen un millón de vacunas y no 30 millones prometidas hace unos meses, para curarnos de la influenza AH1N1.

Y para que no quede por mí, aquí les traigo más información proporcionada por mi Gurú filosófico, el buen amigo virtual nosce:

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