Días de estreno. Avelino Sordo Vilchis

Guadalajara Cathedral in Guadalajara, Jalisco
Image via Wikipedia
Días de estreno
Viernes, 15 de enero de 2010 a las 11:58

Vivimos días de estreno. Las nuevas administraciones municipales, que además provienen de partidos distintos al que hasta diciembre gobernó la zona metropolitana de Guadalajara, dan sus primeros pasos. Tanta novedad han provocado un cierto ambiente de estreno, de expectativa, de optimismo que me parece muy mal fundamentado, ya que no existen indicios de que los recién llegados se van a poner las pilas y —ahora sí— dirigirán sus mejores y mayores esfuerzos a lograr el bien común. En contraste, me parece que los problemas de la ciudad son mucho más grandes que la imaginación y los recursos de nuestros gobernantes, los anteriores y los actuales.

No obstante, aprovechando ese ánimo de estreno me parece buen momento para reflexionar sobre las oficinas culturales de los ayuntamientos metropolitanos, que se han distinguido por su mediocridad, su frivolidad y sus magros frutos, que no guardan proporción con los recursos que en estas últimas décadas se han venido gastando, que no es lo mismo que invirtiendo. Fue hace poco más de veinte años que un olvidable presidente municipal de Guadalajara creó la entonces llamada «Oficialía Mayor de Cultura», con el fin de pagar una cuota política al sindicato de maestros, no vayan a creer que fue para contribuir al enriquecimiento de la vida cultural de la ciudad.

Y a partir de ahí, los restantes municipios hicieron lo propio. Sin embargo, me parece importante aclarar que el problema va más allá incluso que los pésimos nombramientos de funcionarios —que tienen su importancia en la medida en que se especializan en ocurrencias y pésimas decisiones— ya que debemos considerar factores de otra naturaleza que hacen del buen funcionamiento de las oficinas de cultura municipales una quimera. Se trata de lo que podemos llamar el «diseño institucional», y —de mayor trascendencia aún— de las limitaciones temporales y geográficas, que son un impedimento insalvable para hacer un papel por encimita de lo mediocre.

Las oficinas culturales de los ayuntamientos están diseñadas para todo, menos para realizar razonablemente las actividades para las que fueron creadas. El exceso de burocracia y los presupuestos que apenas alcanzan, son las principales características de estas dependencias, que invariablemente están atrapadas en una paradoja: hay presupuesto para pagar a los administradores, que a su vez no tienen un quinto para administrar. Se trata de oficinas donde es más fácil conseguir recursos para gastos de representación para los funcionarios, por ejemplo, que para cubrir honorarios a creadores, intérpretes o para cualquier cosa que esté conectada a su actividad sustantiva.

Para que la promoción cultural —que no debe confundirse con el show business o el entretenimiento— resulte significativa en la vida de los ciudadanos, es indispensable una planeación a largo plazo y, por supuesto, no debe limitarse por una línea imaginaria dibujada en un mapa. En realidad es aquí donde reside la raíz del fracaso —pasado y futuro— de las oficinas culturales de los ayuntamientos: por una parte están los límites territoriales, que impiden que sus actividades tengan alcance metropolitano, y por la otra, una administración municipal cuenta con apenas tres años de vida: uno para aclimatarse, otro para medio trabajar y el tercero, pues para grillar.

Ahí están las razones de porqué me parece que las administraciones municipales tendrían que cerrar la cortina cultural, no sin antes pedir disculpas al respetable por el tiempo y los recursos desperdiciados. En todo caso, si los ayuntamientos realmente quieren contribuir al enriquecimiento de la vida cultural de la zona conurbada de Guadalajara, lo que tendrían que hacer es crear entre todos un instituto metropolitano de cultura que realizara esas tareas desde una perspectiva técnico-profesional (o sea nada que ver con la política partidista) y con una visión de largo plazo y alcance.

¿Les alcanzará la imaginación y la voluntad política? Yo creo que no.

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