Demasiados muertos para un sólo cementerio

cementerio
Image by bit ramone via Flickr

El País
Ramón Lobo
Cuadernos de Haití

Nadie tiene tiempo de sobra estos días en Haití para limpiar las tumbas o cambiar las flores de plástico

Cuando todo Puerto Príncipe era una morgue al aire libre,
su cementerio más célebre, el inaugurado en 1800 y considerado
patrimonio histórico y cultural, luchaba por evitar que se le escaparan
los muertos. Algunas tumbas se abrieron y escupieron féretros llenos de
cenizas; otras, de vacíos. A diferencia de lo sucedido en el mundo de
los vivos, en el que la corrupción, la avidez de lucro fácil y los
materiales defectuosos derribaron edificios como castillos de naipes,
en el mundo de los difuntos las estructuras funerarias que compiten en
altura y adornos entre ellas aguantaron bastante mejor.

Este cementerio de callejuelas y estrecheces que lo convierten en un
laberinto es un lugar silencioso, vacío, sin apenas visitantes. Nadie
tiene tiempo de sobra estos días en Haití para limpiar las tumbas,
dejar botellas de cerveza, la bebida favorita de los espíritus, o
cambiar las flores de plástico de sitio. Se escucha el canto triste de
algunos gallos que después del seísmo perdieron la hora y la brújula.
El que está más cerca más que cacarear, murmura.

Un hombre
arrastra una pala. Se trata de uno de los enterradores. Es muy flaco.
Tiene la cara huesuda. Unos cortes cicatrizados de cuchillo atraviesan
su pecho. Se llama Joseph Witzgler, cumplió los 43 años y acumula ya
siete hijos de la misma mujer. Asegura que todos están bien. Aunque su
casa no se ha derrumbado, no es segura. “Tiene muchas grietas y no nos
atrevemos a dormir dentro. Han sido días de mucho trabajo, de enterrar
a más de cien personas cada día. El 13 de enero abrimos una gran fosa
común y por la noche la tuvimos que cerrar porque estaba llena. La
gente traía sus muertos en féretros y los dejaba en el cementerio,
cerca de las tumbas de sus familiares. Si no estábamos cansados y
teníamos tiempo los enterrábamos”.

Cerca de la puerta, una mujer
vestida con un traje blanco grita y se lanza al suelo. Está muy
sudorosa. No se sabe si ha entrado en trance o es que no puede con el
dolor de las ausencias que soporta. A la entrada del cementerio hay una
cita de Víctor Hugo relacionada con la eternidad y para que el sello
del origen francés del país se mantenga en la retina del visitante, la
primera tumba de la izquierda contiene los restos de una familia
llamada M. A. Voltaire. A la salida, otra cita, ésta de despedida reza:
“Kounye a panse ak pwop tét pan” (ahora pasando de ti mismo).
Así se le recuerda al visitante que un día, quiera o no, tarde o
temprano, también él será difunto como todos los que deja atrás.

El
cementerio de Puerto Príncipe se podrá hermanar con otros célebres,
como el de Poticari en Srebrenica. En él, miles de las tumbas tienen la
misma fecha: julio de 1995. Aquí, en Puerto Príncipe, empiezan a
hacerse su hueco los muertos recientes del terremoto. Hay tumbas y
nichos a los que no dio tiempo ponerles un nombre. Quizá porque nadie
lo sabe. Sólo aparece grabada la fecha con un punzón: 12-01-10 y un
cierre provisional de cemento fresco. Nada de lápidas. Es un duelo que
se aplaza. Nada es definitivo en Haití, todo parece frágil y
provisional.

Joseph Witzgler afirma que el Gobierno contabiliza
los muertos y aunque se quemaron cadáveres en la calle y otros se
enterraron en fosas comunes improvisadas afuera de los camposantos, hay
quien lleva la cuenta y que ésta supera en mucho los 200.000.

No
son todos aún, pues aún quedan restos descompuestos y aplastados debajo
de escombros en Puerto Príncipe. La gente del lugar sabe de qué ruinas
salen esas pestes a muerte abandonada. Al pasar por ellas se cubre la nariz con un pañuelo o una mascarilla y camina gacha, mitad respeto, mitad miedo.

Sólo
cuando se recorre en coche o a pie el centro de Puerto Príncipe se
comprende la magnitud humana de la tragedia. El terremoto destruyó una ciudad que nunca estuvo construida del todo. Lanzó más miseria sobre años de mucha miseria. Por eso lo más urgente ahora son los vivos que se sienten solos y luchan cada día por no pasar al mundo de los muertos.

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