Augusto Chacón, Crónicas falsas de la realidad de cuento

Capilla Del Hospicio Cabañas, El Hombre de Fue...
Image by Paco Juarez via Flickr

2010-02-13

La renuncia del secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, al PAN era la plática entre quienes formaban grupos en tanto el presidente Felipe Calderón llegaba al Instituto Cultural Cabañas. No faltó quien asegurara que el golpe era de tal magnitud para Calderón, que sería entendible si no se presentaba a la celebración de los 200 años del hospicio que nació en el mismo edificio.

El presidente llegó con Margarita Zavala, su esposa. Nadie notó que su gesto fuera amargo: sonreía jovial, fresco, como si Ciudad Juárez no, como si Gómez Mont sí. Saludaba de mano a quien fuera. Detrás iba el gobernador de Jalisco con Imelda Guzmán, su esposa. Mira, dijo una de las invitadas, elegantísima, a su vecina, qué buen detalle: la corbata del presidente hace juego con el rebozo de su esposa. El azul eléctrico de las dos prendas ganaba brillo a cada flashazo. De pronto, Felipe se detuvo y conversó con el gobernador. Cambiaron el rumbo. Emilio buscó al secretario de Cultura: rápido, trae a alguien que explique los murales; Cravioto, el secretario, puso cara de: cuáles murales. Alguien prendió la iluminación. Calderón ya estaba en el centro, bajo la cúpula. Otros lo rodearon. Muchos jamás habían entrado, tampoco muchas, para no discriminar.

“Presidente”, habló Emilio González, “si te recuestas sobre las bancas tendrás mejor perspectiva del mural en el techo” (sic). Calderón sonrió, divertido, se aflojó la corbata y se tendió de espaldas. Sí, la perspectiva mejoraba: pero primero volteó a los muros laterales, vio el mundo prehispánico, figuras tristes, Orozco untó su pincel con la fatalidad de los conquistados; vio a Cortés, adusto, gris acero, a punto de la violencia pero aburrido, en una esquina de la pared y de la historia oficial; los tiempos modernos, mero recuento de daños de los previos. La perspectiva era óptica e histórica. El cuello de Calderón giró para ponerlo de frente al cenit, al Hombre en Llamas, fuga perfecta: impulsado por el fuego que purifica se aleja del mundo, de los hombres, de las mujeres y de su historia, le pisan los talones; hasta donde sabemos, jamás ha traspuesto la cúpula diseñada por Manuel Tolsá.

Silencio. Calderón ya no sonreía. Margarita, sin saber qué hacer con las manos veía a la gente y sonreía. El silencio ganó peso, los minutos se acumularon; por no provocar algún ruido, nadie se movía.

El jefe del Estado Mayor miró su reloj, cinco minutos de agenda violentada, qué contrariedad. Pensó en acercarse a la banca. Cuando estaba a punto de hacerlo, se escuchó, inconfundible, un ronquido. El jefe del Ejecutivo federal estaba perfectamente prendido, con los ojos cerrados, de las flamas del infierno que Orozco pintó en el cielo.

Con un gesto, el general hizo que apagaran las luces, con otro dio a entender que todos debían salir de la capilla. Margarita se quitó el rebozo, que de cualquier forma nunca se le queda en paz sobre los hombros, y lo tendió sobre el pecho de su esposo que, rítmico y despacioso, subía y bajaba. Felipe Calderón conversó con la historia de México, el códice mural de Orozco despejó para él los misterios de una nación que parece no tener modo. Despertó iluminado… duró un segundo, luego, la pesadilla cotidiana que sueña con los ojos y las venas abiertas. Lo primero que vio al salir de la capilla fue la cara de Emilio González Márquez.

***

Junto al Santiago, cerca de El Salto, el doctor Petersen recuerda los ríos de su infancia y los que ha visto en sus viajes. Éste le parece distinto, su aroma lo incomoda, está a punto de pensar que le quema la nariz, pero no, estos olores reflejan la bendita actividad industrial que no se va a detener nomás porque algunos quieren que los ríos no tengan espuma (ésta sí no le gusta nadita, pero ni qué decir, él es secretario de Salud, no experto es paisajismo). Quienes están detrás de él, el pueblo, los medios, la sociedad organizada, esperan con ansia oír al doctor, ahora que al fin se acercó al cauce. Él se debate entre la mesura que esperan los industriales y sus cofrades políticos, y lo que su saber y su ética le dictan. Al fin, se voltea, da la cara a su séquito y afirma: declaro estado de emergencia en toda la zona; evacuaremos a quienes viven más cerca; haremos análisis químicos y proveeremos de atención médica a todos; a contar desde hoy, postulo que en cinco años habremos sanado al río y a quienes viven en sus márgenes.

Derechos Reservados © Milenio Diario, S.A. de C.V. 2010

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Lacrox
    Feb 15, 2010 @ 21:08:12

    No es cobardía, en verdad. Pero mucho tiempo estudié historia de México y di varios semestres la clase en preparatoria y secundaria, y te aseguro que le ponía mucha pasión, tanto que los “chamacos” aprendieron.

    Pero mi aclaración adelantada es por que desde hace tiempo me dejé de ineresar mucho por lo que hacia el presidente, me parece que fue desde el 2do año de Fox.

    Por ello te pregunto, ¿es real tu historia? por lo que entiendo se quedó dormido viendo el mural, ¿Estoy bien?

    Responder

  2. Ana Isabel
    Feb 16, 2010 @ 11:00:58

    Lacrox:

    El autor desde el título nos dice que es una falsa crónica de la realidad de cuento, y como los presidentes que hemos sufrido son algo surrealistas, yo en lo personal, me atrevo a pensar que fué un hecho real. No lo sé de cierto, pero investigaré…

    Lo que sí sé de cierto, es que el segundo cuento es efectivamente un cuento. El río Santiago, que cruza una parte cercana de Guadalajara es un río enfermo y podrido que hace dos años causó la muerte de un chiquito cuando cayó accidentalmente. No murió ahogado, murió a causa de un envenenamiento con arsénico y demás linduras al simple contacto del agua con su piel. Se llamaba Miguel Ángel y representa para muchos de nosotros lo que el descuido, la irresponsabilidad, la corrupción y la impunidad pueden provocar. Hay muchos enfermos de cáncer y riñones que viven en las orillas de ese río.

    En fin, lo más sano es hacer lo que haces: no interesarnos por las cosas que hacen o no los presidentes.

    Saludos

    Responder

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