Avelino Sordo Vilchis, Manía legislativa

Libros de cuero
Image by CUEVA2008 via Flickr
Hoy a las 10:44

Creo que fue en el ya lejano final de la década de los sesenta, cuando en la clase de civismo me enseñaron —entre muchas otras cosas— que la organización de los gobiernos republicanos modernos descansaba en tres poderes: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Y que, como su nombre lo indica, cada uno de ellos tenía un papel muy concreto en la organización del estado, de manera que el legislativo se encarga de elaborar las reglas del juego, el judicial es el árbitro y el ejecutivo se encarga de la acción; esto es, de jugar respetando las reglas que fueron definidas por el legislativo a fin de que el judicial no le marque un fuera de lugar o le saque tarjeta roja.

La idea de dividir las funciones de gobierno entre tres poderes distintos, ejercidos por personas diferentes, es crear un equilibrio que no permita que un poder prevalezca por encima del otro. Por lo menos eso dice la teoría, que —por cierto— en aquellos lejanos sesenta era sólo eso: una buena teoría. Legislar y vigilar que se cumpla con esa legislación son importantísimos actos de gobierno: con leyes mal hechas y juzgados inoperantes, es difícil vivir. Sin embargo, al ser responsable de la acción, esto es, de aplicar los programas y las políticas de gobierno, el poder ejecutivo tiene en sus manos las mayores posibilidades de beneficiarnos o, bien, de perjudicarnos.

De manera que no acabo de entender la actualmente muy extendida obsesión de culpar a los legisladores de todos y cada uno de nuestros males. Y es que, si bien es cierto que nuestros diputados y senadores en general no se distinguen por su visión de estado, su altura de miras o su espíritu de servicio y más bien tienden a comportarse como pandilleros, lo cierto es que el principal responsable de nuestros males es el ejecutivo —llámese presidente, gobernador, jefe de departamento o policía— que es quien se la pasa violando sistemáticamente las leyes. En lo personal, me parece que ahí está la raíz de algunos de nuestros problemas: en el nulo respeto a las leyes.

Y es que, ¿de qué sirve que se hagan todas las reformas que se nos puedan ocurrir, si nadie respeta las leyes resultantes? Pero no, la muy difundida moda todo lo quiere arreglar por la vía del legislativo: ¿que Pemex no funciona? pues hay que reformar la ley, aunque sus principales problemas sean de corrupción y de mala administración. Un buen ejemplo de esta compulsión es el caso de los desplegados «No a la generación del no» donde intelectuales, periodistas y exfuncionarios públicos le exigen a los legisladores que se pongan a trabajar en las «reformas que el país necesita», como si estuviera claro y hubiera consenso en qué reformas requiere el país.

El caso es que me parece que lo que urge es que se cumpla la ley. Ya si cumpliéndolas no funcionan, pues entonces sí pasa a ser problema del legislativo. Por ejemplo, podemos citar aquí el caso de la tan manida Ley del Libro, que finalmente fue aprobada para nada, puesto que el ejecutivo no ha expedido el respectivo reglamento. Y como este, hay otros casos aún más notorios, como el de la Reforma Energética (¿se acuerdan de nuestro tesoro escondido en las profundidades del Golfo?), que también se encuentra durmiendo a la espera de que al ejecutivo se acuerde de expedir los reglamentos y de realizar las acciones que le corresponden para darle vigencia.

Si nos transportamos al terruño y más concretamente al ámbito de la cultura, tenemos casos extremos como el del Instituto Cultural Cabañas, cuya Ley Orgánica se expidió hace casi treinta años y todavía es hora de que nadie —o sea las autoridades responsables— la cumple. Y tenemos también otros tipo de situaciones, como la del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes, cuyo reglamento ofrece tal cúmulo de aberraciones, que lo invalidan ante las leyes primarias. Pero ahí está, vigente desde hace casi diez años, sin que a nadie le preocupe.

Me parece que podríamos empezar por despedir a los ineptos y a los corruptos.

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2 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Lacrox
    Mar 26, 2010 @ 14:44:02

    El respeto por las reglas viene desde la cuna. Cuando se me enseña a respetar y obedecer a mis padres y a mis mayores es un buen comienzo.

    Pero cuando el brincar las reglas familiares no tiene costo y veo que mis propios padres se saltan otras reglas impuestas por ellos mismos, mienten e ignoran las más sencillas reglas de tránsito, lo que realmente aprendo es que las reglas son relativas y discretas, así que yo veo cuando las respeto y cuando no.

    Todo comienza por un simple ejemplo y ley de física, “a toda acción viene una reacción”, si yo hago o dejo de hacer algo entonces obtendré cierto resultado. No hay duda.

    Si no respeto un alto, entonces no puedo quejarme de una multa o peor aún, seré responsable de el accidente causado. Si no me como los vegetales, no podré jugar el día de hoy.

    Los ejemplos no parecieran tener una relación entre sí, pero en verdad si la tienen. Si se como seguir reglas y direcciones, entenderé que mis acciones tendrán seguramente un resultado ya esperado. Para poder convivir en la sociedad tengo cientos de reglas que cambian en tiempo y región, pero solamente así podré respetar y ser respetado.

    En breve, tres simples reglas.
    Si deseo una convivencia pacífica con mis congéneres Debo respetar sus derechos, para que respeten los míos. Los derechos como ciudadanos de cada quien se desprenden de las leyes, por lo que respetando estas respetaré los otros: REGLA 1: “Entre los individuos, como entre las naciones El respeto al derecho ajeno es la paz”.

    Si ya tengo la paz que da la convivencia tranquila podré pasar a la segunda regla que traerá dicha. No es fácil por que implica amor, y el amor no es una tarea sencilla, quizás sea de las más difíciles en este mundo. Se da amor a un circulo pequeño, pero ampliar ese diámetro es extremadamente difícil: REGLA 2 “Amaras al prójimo como a ti mismo”.

    Ya tendré paz y dicha, así que me deberé enfocar en la felicidad. Cuando vemos que no está en el tener, nos desprendemos del mundo, y veremos que está en el dar. Cuando no dejamos que las cosas nos posean el camino será plano, fácil. Por que este mundo es exigente, quiere tener, poseer, desear. REGLA 3: “No es más rico el que tiene, sino el que menos desea”.

    Felicidad, dicha y paz ¿Qué más necesitamos? todo vendrá por añadidura.

    Pero empecemos por el principio, con la regla 1.

    Responder

  2. Ana Isabel
    Mar 26, 2010 @ 15:09:01

    Es un buen comienzo: respetar las leyes. Gracias por las aportaciones Lacrox.

    Abrazos

    Responder

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