Hartísimos museos, de Avelino Sordo Vilchis

El Museo del Prado
Image by Roberto_Garcia via Flickr
Hartísimos museos
Ayer a las 15:17

A veces pienso que estamos pagando algún mal karma. El caso es que en materia de museos, de plano no damos una. Y es que estamos empeñados en ignorar la regla básica que nos advierte que hay que empezar desde el principio: no podemos construir un edificio a partir de la azotea, necesariamente tenemos que comenzar por los cimientos. Y bajo la lluvia incesante de ocurrencias —probablemente bien intencionadas— todo mundo cree que las trancas están ahí para brincarlas. Nadie se detiene a pensar, por ejemplo en lo que se refiere a museos de arte, en la regla elemental que señala que primero es la colección (el contenido) y luego el edificio (el continente).

O en la pertinencia de los proyectos, en la necesidad social que el museo proyectado debe colmar. Ninguna institución —llámese gobierno, ayuntamiento o universidad— o grupo de promotores de museos tapatíos ha contestado algunas preguntas básicas, que si bien son sencillas, no por ello dejan de ser fundamentales como ¿qué museo es el que le hace falta a Guadalajara? o ¿qué museo traería mayores beneficios a los habitantes de la ciudad? Ni soñarlo. Las contadas veces que los políticos tocan con su pensamiento a los museos, por alguna razón lo hacen en términos de turismo: ellos los ven como una atracción turística y no como un servicio a la comunidad.

Y es que seguro recuerdan el notable movimiento turístico que vieron en el Museo del Prado de Madrid o en el Louvre de París, durante su último viaje pagado por el erario. Lo que a todas luces ignoran, es que ni el Prado ni el Louvre fueron creados con la intención de atraer turistas y que sus colecciones son más valiosas e importantes que los edificios que las contienen. Personas de cualquier parte del mundo se toman la molestia de viajar a Holanda para ver en directo las pinturas de Rembrandt o Van Gogh. Sin embargo, ¿cuántos harían un viaje a Guadalajara para ver en vivo la galería de gobernadores de Jalisco o un diorama que representa un sembradío de agaves?

Pero, regresando a la pregunta que deberían hacerse los políticos antes de lanzarse a cualquier ocurrencia museística, lo que nos urge a los habitantes de Guadalajara es, por ejemplo, un buen museo de ciencias naturales. Pero no, ese no está en la lista de prioridades. En cambio, ahí tenemos algunos proyectos, como el Museo «Sacaremos ese Buey de la Barranca», cuyo carácter aún no está definido, pero su edificio ya está proyectado. También se está trabajando en un nuevo museo en el Palacio de Gobierno, cuya personalidad raya en la esquizofrenia, pues —si entendimos bien— buscan un crossover entre arte, historia y quién sabe cuántas cosas más: toda una miscelánea.

Y las cosas no terminan ahí: no hay que perder de vista el museo proyectado en el corto plazo en el actual edificio de la decimoquinta Zona Militar, que por lo poco que sabemos, busca duplicar las funciones del Museo Regional, cosa que no va a lograr, pues no cuentan con la colección que el Regional tiene. Y todavía hay más: está el muy difuso «Museo Panamericano» —cualquier cosa que ello signifique—, que forma parte, junto al Planetario y al Jardín Botánico, del cuestionado y sospechoso proyecto «Puerta de Guadalajara», allá por la Calzada y el Periférico. O sea, en nuestro futuro hay hartos museos. Sin pies ni cabeza, sin dirección alguna, pero más muchos.

Y para terminar, una fábula: en una cabecera municipal de Jalisco, un grupo de entusiastas promotores convenció al presidente municipal en turno de la importancia de hacer un museo de historia de la región. El ayuntamiento lo aprobó y contrató a un prestigiado despacho de arquitectos para edificarlo. Pero, como la mano derecha no sabe lo que hace la izquierda, los arquitectos dejaron correr su sueños de grandeza y realizaron su propia propuesta. El caso es que al final, la orgullosa cabecera municipal se quedó sin el museo de historia que había sancionado el cabildo, pero inauguró un flamante museo de arte, merced a la soberana decisión de los constructores.

Así es como acostumbramos matar las pulgas por estas tierras…

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