El burro hablando de orejas

Alfred L. Kroeber with Ishi in 1911. Ishi is b...
Image via Wikipedia

Avelino Sordo Vilchis,
el Viernes, 24 de septiembre de 2010 a las 21:08

En Oroville, una pequeña ciudad ubicada al pie del monte Lassen —al norte de California—, el 29 de agosto de 1911 algunos alarmados vecinos reportaron la presencia de un extraño con pinta de salvaje merodeando por los alrededores. Eficiente, el sheriff del condado de inmediato lo capturó, faltaba más. Sin embargo y contrario a lo que podríamos pensar, después de investigar un poco aplicó un curioso criterio «científico», pues decidió que su singular huésped fuera trasladado al Museo de Antropología de Berkeley, dependiente de la Universidad de California en San Francisco. Y ahí fue a donde nuestro merodeador con pinta de salvaje fue a parar.

Ishi, como lo nombraron los antropólogos de Berkeley, era el último miembro de la tribu yahi, habitantes originales del actual valle de Sacramento que a partir de la llamada «fiebre del oro» —mediados del siglo XIX— fueron desplazados de su territorio por la violencia, crueldad y salvajismo de colonizadores y gambusinos. En 1850 había 2,000 yahi en el valle. Para 1870, subsistían los 16 que decidieron refugiarse en la Sierra Nevada, donde sobrevivieron como cazadores-recolectores. En noviembre de 1908 quedaban apenas cuatro, cuyo asentamiento fue descubierto por un grupo de topógrafos. Y de nuevo el salvajismo: del encuentro sólo escapó con vida Ishi.

Después de tres años de sobrevivir en las más duras condiciones, la soledad, el hambre y la enfermedad le infundieron a Ishi el valor de acercarse a Oroville. La palabra «ishi» significa «hombre» en la lengua de los yahi, y fue llamado así ya que en su sociedad era tabú pronunciar su propio nombre. En Berkeley, los antropólogos Alfred Kroeber y Thomas Talbot Watermann fueron sus anfitriones hasta que, el 25 de marzo de 1916, murió de tuberculosis. Conocemos su historia gracias a la esposa de Kroeber —Theodora— que a partir de las notas y comentarios de su marido, escribió un libro sobre Ishi, el último yahi, al que —por cierto— nunca conoció.

La conmovedora historia de Ishi se abrió paso en mi memoria después de que, con diferencia de algunos días, leí unas declaraciones de Hillary Clinton en las que se dice escandalizada por la violencia de las bandas de narcotráficantes en México, y una añeja afirmación de Henry Kissinger, en la que aseguraba que las sociedades china y mexicana acumulaban gérmenes de gran violencia. No se trata aquí de ver la paja en el ojo ajeno —deporte que claramente ellos practican con singular entusiasmo— sino de una necesaria moción aclaratoria. Hay que decirlo: la violencia del narcotráfico en nuestro país, si bien le debe algunas facturas a Hollywood, es una carga que nos avergüenza.

Ahora, que si hablamos de que en México se acumulan «gérmenes de gran violencia», creo que mis tres amables lectores bien pueden imaginar el tamaño de los organismos multicelulares que se multiplican en las tierras del tío Sam. Ahí está, por ejemplo, la historia de Ishi y las de tantos pueblos originarios que fueron exterminados por la violencia y la crueldad. O bien, ¿acaso existe un acto de mayor violencia que lanzar bombas atómicas sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki, curiosamente también en agosto, pero de 1945? O los experimentos atómicos, utilizando a sus propias tropas como conejillos de indias, en el desierto de Nuevo México en los cincuenta.

Y los ejemplos brotan a diestra y siniestra. Está el caso de la política de «aldeas estratégicas» en Viet Nam (remember My Lai). Aquí sin embargo, debemos reconocer una cierta dosis de culpa, ya que la paternidad de la política de «aldeas estratégicas» algo le debe al sanguinario general Juvencio Robles que, en 1912-1913, la aplicó en su afán de exterminar a los zapatistas en el estado de Morelos. Y, más recientemente, están los crímenes de guerra cometidos por el ejército norteamericano en Irak, como el emblemático caso de la prisión de Abu-Ghraib. Y me pregunto ¿qué tanto escandalizará a doña Hillary Clinton la situación de los presos en Guantánamo?

Como lo habíamos dicho: el burro hablando de orejas.

Ishi en 1914 (Foto de Alfred Kroeber).
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6 comentarios (+¿añadir los tuyos?)

  1. Veronica Romanillos
    Sep 28, 2010 @ 10:59:06

    Por que yo no tengo un hermano asi??

    Responder

  2. Artemisa
    Sep 28, 2010 @ 11:02:26

    Jajaja, lo que se te ocurre…

    Responder

  3. Bruja
    Sep 28, 2010 @ 14:24:01

    Comprendo a Verónica … je je.

    Qué bonita entrada, conmovedora por la historia de Ishi y su pueblo. Pero también porque nos muestra la cara hipócrita de los gringos.

    Responder

  4. Artemisa
    Sep 28, 2010 @ 15:20:25

    Bruja:
    ¿También quieres un hermano así? jajaja… Un día de estos se los presto.

    Responder

  5. Bruja
    Sep 28, 2010 @ 17:31:42

    ¡Ändale, no seas coda! jajajaja

    Responder

  6. TeGedora
    Sep 30, 2010 @ 15:50:28

    Hola Artemisa, Bruja y Verónica.

    Conmovedora y cruda la historia de Ishi, no la conocía. Estos gringos masacraron a las diversas tribus, las torturas y crueldad hacia sus “enemigos” y víctimas por sus cuerpos poliacos, marines y demás está documentada. Hilaria, digo Hillary, debería echar ojo primero a su país, antes de venir a darnos lecciones, o ya se le olvidó que hace apenas unos meses unos policias fronterizos asesinaron con saña a un paisano?

    Excelente artículo,

    Abrazos a todas.

    Responder

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